Instante

Sentada en la banqueta con la mirada en el cielo esperaba a que llegara el amanecer y con él el transporte público. Quería huir a su casa, todo había salido mal y prefería estar afuera de la casa a que vieran que estaba llorando dentro. La música se escuchaba hasta dónde estaba y ni ella se escuchaba sollozar.

Con tanto ruido casi parecía estar en silencio, no escuchaba nada pero tampoco podía hablar. La temperatura estaba bajando y haber salido de la fiesta la estaba haciendo temblar de frío. Miraba la luna e intentaba calmarse, realmente todo había sido un desastre.

¿En qué momento fue que pensó que podía lograr hacer que cambiara de parecer y volviera con ella? ¿Cómo fue que se le pudo haber ocurrido siquiera venir sabiendo que lo iba a encontrar aquí? Seguía preguntándose una y otra vez las razones de sus errores en esta noche y sólo venía a la mente el hecho de que, no importaba que pasaba, seguía teniendo esperanza.

Pasó dos horas arreglándose para verse como ese día que él le dijo que la amaba. Se puso el vestido de flores con el que lo conoció y las medias que tanto le gustaban. Se veía al espejo sonriente mientras se maquillaba, esperaba esta noche lograr que él volviera a estar a su lado aunque fuera sólo un instante. Fantaseaba con permanecer entre sus brazos por un último momento que durara para siempre. Tenía esperanzas de que pronto volvería todo a la normalidad.

Ahora ella sólo quería alejarse de ahí, estaba harta de seguir perdiendo cuando lo único que intentaba era recuperar un poco de ese espacio que en algún momento le perteneció. Lo peor quizás fue esperar con ansias a que llegara a la fiesta para que llegara de la mano de alguien que ella ni siquiera conocía. Seguía sin saber que era lo que le dolía más, si era el hecho de que él pudiera conseguir a quien quisiera y que ella seguía sola o que la hubiera olvidado tan pronto. Y el frío seguía y sus manos dolían, le dolía la cabeza y el maquillaje se le había corrido. Cambiar agua con sal por un instante, no está siendo reconfortante.

Lo único que pudo hacer fue saludarlo, creyó verlo sonreír y asumió que era por ella. Sonrió y luego la vio, no supo quien era pero al instante la detestó, arruinó su noche.

Cuando pudo parar de llorar la luna seguía en el mismo lugar, el tiempo se estaba poniendo en su contra y pocos fueron los instantes que estuvo realmente fuera de la fiesta. Quizá no fue el tiempo, quizá fue molly. Intentó permanecer sentada pero decidió volver a entrar, seguía teniendo la esperanza de recuperar sus instantes.

Desierto

Cada uno de los pasos que daba lo acercaba más a su destino, un destino que el no conocía pero que su corazón seguía guiándolo hacia allá. Cada uno de esos pasos también lo alejaban de ese punto en su pasado, que como una plaga solía regresar, ese punto que él planeaba dejar atrás.

Ese destino no era una excusa y a cada momento el llamado era más fuerte.

Caminar por el desierto de las palabras que no se han dicho, con ese aire caliente de los presentimientos y los sonidos de los momentos por venir, pasar por todo eso sólo por una corazonada. Por un destino que no conoce pero que está seguro de que existe, que de cierta forma le da la seguridad de que pronto todo será diferente. Mejor.

Caminar entre los sueños y los deseos que se confunden con su realidad y que poco a poco toman formas indescriptibles, que al final lo consumen y lo llenan de deseo.

Caminar para sentir su piel entre sus dedos de nuevo y probar sus labios una vez más. Sentir como se agita su respiración con sólo besarla y como ambos tiemblan de ganas de más.

Ese destino desconocido que le recuerda a su voz, en este mundo tan irreal sus recuerdos parecieran aún más imposibles que lo que observa a su alrededor. Pareciera que todo eso que ha vivido con ella son sólo sueños de alguien más, sueños que le contaron y el hizo propios. Pero estaba tan seguro de su cordura que sabía que esto era sólo una trampa más, otro reto para poder llegar a ella.

Cada que se detenía a descansar caía y al caer dormía y siempre que dormía soñaba con sus labios y con sus ojos. Sus ojos como ese día bajo la luz de la luna, ese día que brillaban como si fueran la luna misma. Aún no estaba seguro si ese destino era ella o no, pero sabía que estaban profundamente ligados, quizá si llegaba pronto al destino podría salir pronto de este mundo lleno de ilusiones y llegaría de nuevo a ella.

Las voces del desierto le recordaban a toda esa gente que había pasado por ahí antes que él, gente que no conocía y que probablemente nunca conocería pero que le decían que se rindiera, que no valía la pena seguir avanzando. Le decían que al final el destino era el principio y que no había salida, que nunca llegaría a lo que fuera que estaba buscando, a lo que él sólo podía replicar “Si ustedes tienen razón deberían seguir aquí, si tienen razón sus voces no estarían” mientras intentaba seguir caminando sin pensar en otra cosa que no fuera llegar.

En algunos momentos lo atacaba la duda, dudas que venían desde su mundo anterior, lo acechaban los pensamientos de inseguridad sobre dónde estaría ella y con quién. ¿Lo habría olvidado ya? ¿Seguiría esperando a que llegara? Era difícil de saber, ella es tan desesperada como él y probablemente ya no esté. No importaba cuan imposible pareciese que ella siguiera esperando el no se daba por vencido y seguía caminando un poco más.

Y a cada paso que daba él estaba seguro que estaba más cerca de llegar a ninguna parte pero más lejos de donde empezó y ninguna parte siempre es mejor que algún lugar. Por que nada a veces es mejor que todo, porque cuando se tiene nada siempre se puede tener más y rellenar ese espacio de vacío con todos los momentos por venir y cuando uno ya tiene todo, no queda espacio para nada más.

Entonces el siguió caminando, un paso a la vez, seguro de que cuando por fin llegara a su destino, ese destino que no conocía pero lo llamaba, podría llegar a ella y al no tener nada podría llenar su vida de momentos nuevos, momentos suyos.

Así fue como volvió a detenerse a descansar y cayó y durmió y soñó, pero al despertar ya no estaba en ese mundo extraño. Al despertar estaba en un cuarto que no conocía, un cuarto que se le hacía familiar, en esa cama que olía de una manera que le recordaba a ella y así fue como al dar la vuelta la vio acostada a su lado. Porque cuando se dio cuenta de que no quería nada más que momentos con ella pudo despertar para empezar de nuevo, esta vez de una manera correcta y poder vivir con ella todos los momentos de su nada.

También se dio cuenta que los colores que tenía el cielo de ese desierto eran los colores del cabello de la chica del cabello de aurora, ella era su sueño, su desierto. Ella siempre fue el mundo y no el destino.

Ella, era.

Ella es.

Eres mi suerte

Meses después de haberte dejado en la estación de tren no pude soportarlo ni un día más, cada día pesaba más que el anterior y al final tomé la decisión de seguirte. Compré un boleto igual al tuyo, vendí algunos de los libros que tenía y me decidí a encontrarte, no podía permitirme perderte de nuevo.
Al llegar a mi destino caminé sin rumbo en la ciudad, esperando que poco a poco todo encajara de la manera correcta y pudiera encontrarte. No sabía nada de tu nueva vida más que el hecho de que no quería impedir que siguiera su rumbo, sólo quería intentar ser parte de ella una vez más.
Sigo usando la bufanda que me diste antes de partir, aún huele un poco a ti. Sigo escribiendo pensándote y con ganas de que lo leas todo y sonrías. Tus besos siguen escritos en mi piel y el tatuaje en mi pecho sigue siendo tuyo. ¿Cómo puedo escribir todo esto cuando el pasado es algo que no quiero recordar a menos que sea donde estamos juntos? ¿Cómo puedo estar seguro de que eventualmente estaremos juntos de nuevo?
No importa, camino esperando llegar al centro de la ciudad, intento encontrar la forma de saber a dónde irías. Verte de manera casual, hacerte sonreír de nuevo. Pedirte perdón por no haber ido contigo desde un principio. Pedirte otra oportunidad. Las calles están solas y son largas, la primera noche no dormí, caminé bajo los faroles y las pocas estrellas que pueden verse en estas noches. Mi rumbo era incierto y mis recursos pocos pero no iba a permitir que eso me impidiera empezar de nuevo todo. Cargaba con algunos ensayos nuevos, no perdía la esperanza de que en algún momento alguien los publicaría.
Eras mi suerte ¿Recuerdas como solían venderse mis cuentos cuando tu eras la primera en leerlos? Eso no pasa hace algo ya de tiempo y si no fuera por la columna de la revista no tendría dinero para intentar siquiera venir a verte unos días. La revista entiende, me dejan mandar la columna por correo, el celular al menos sigue funcionando para eso y dicen que probablemente me den otra página si todo sigue bien. Más páginas, más dinero, más lectores o al menos eso espero. Eso no importa. Tu eres prioridad y meta.
Meta, ja, como si todo esto fuera una carrera que podría llegar a ganar. Me detengo, prendo otro cigarro y me siento por un momento a ver el cielo, después de todo sigo siendo el chico que mira las nubes. En el cielo de tu ciudad hay más nubes que estrellas y pareciera que las estrellas usan a las nubes de manto para ocultarse de la vista de la gente, que intrigada por su brillo, las mira impúdicamente. Estrellas apenadas pidiéndole a las nubes que las cubran. No sé porqué al escribir esto pienso en ti envuelta en la toalla como todas esas veces que salías de bañarte y sonreías al verme. Esa sonrisa que sólo yo conocía, a veces me he llegado a preguntar si será que esa sonrisa nació conmigo y es por eso que sólo yo la conozco. Sería muy ególatra de mi parte creer algo así pero tu misma decías que me es imposible pensar que el mundo gira sin mi.
Sentado en la banqueta las nubes se ven lejanas, enmarcadas por el metal de los rascacielos pareciera que son peces navegando eternamente por un tanque lo suficientemente grande como para que pensemos que su viaje nunca termina. ¿No es eso la vida, un viaje en un tanque tan grande que pareciera que nunca llegaremos al otro lado? O quizá, el tanque es tan pequeño que estamos dando vueltas en círculos y no lo notamos.
Me levanto y camino un poco más, el sol empieza a salir y desde hace una hora ya hay gente en las calles. Me detengo y pido direcciones, me dicen que el centro de la ciudad está cerca. Unos pasos más y llegaré, desde ahí espero poder adivinar a dónde irías cuando no sabes a dónde ir y así al final encontrarnos. Encontrarnos, como si ambos nos buscáramos cuando en realidad soy sólo yo el que está desesperado por volver a sentir tus manos en las mías o, si no me queda más, poder tener tu mirada en mi rostro y sentir como tus ojos queman mi piel con esa ira, que sé que tienes contenida, al ver que al final vine aunque podría ser que tardé demasiado.
Porque si, vine, vi y me conquistaste. Como la primera vez que te vi y pensé eso, me esperabas viendo hacia el final del anden y cuando llegué instintivamente recogí tu mochila. Sonreímos y nos saludamos por mero instinto pero las palabras tardaban en salir, estábamos nerviosos y cuando mis brazos rodearon tu cintura ambos temblamos un poco. Platicamos y reímos, pero también ese día nos besamos por primera vez. Aún recuerdo como se sienten tus labios en los míos cuando no puedes con las ganas y dejas el orgullo de lado para, por fin, hacer lo que deseas.
Eso fue hace tanto y a la vez tan poco tiempo, la verdad es que el tiempo ya no transcurre de la misma manera para mi desde hace algunos otoños y las primaveras no tienen tanto color desde que te fuiste. Si, sólo va una, lo sé; pero realmente las cosas no se mueven igual cuando no estás.
El tiempo se estira y por momentos se acorta, por ejemplo después de dos días de viaje desde que salí del que en algún momento fuera nuestro hogar ya estoy en el centro. Mucho menos tiempo del que pensaba que tardaría. Estoy aquí, acostado viendo las nubes en la explanada a un lado del asta. Sigo tirándome a ver las nubes como si me fueran a dar las respuestas.
Me levanto, tomo la mochila y decido que el lugar más probable de encontrarte sería en alguna librería. Sigues siendo mi suerte, pocos metros después de la tercera a la que entro te veo a lo lejos. Llevas una bolsa del super en la mano y tu mochila en la espalda. Tu cabello ya no es del mismo color que la última vez, pero eso no me extraña, nunca se mantuvo tanto tiempo de un solo color. El verde me hace sonreír, quizá porque en el fondo creo que sigues pensando en mi.
Una bolsa del super y la mochila, vienes de la escuela, podría apostarlo. Lo que implica que o vives cerca de aquí o ya aprendiste a moverte.

Te grito, volteas, me ves.

Sonríes.

Me río.

Me gritas.

Camino.

¿Ves? Eres mi suerte.

Dormir

No vengas a decirme que el mundo puede acabarse mañana, mucho menos después de todo lo que ha pasado en mi vida. Ja, como si los quince años que tengo fueran realmente mucho tiempo. Pero vaya, tienes que considerar que aunque para la mayoría puede que sean sólo pocos años para mi es toda mi vida y todo lo que ha sucedido es muy poco como para que hoy, sin más, me digas que el mundo se va a acabar.

¿Es acaso un mal chiste? Si lo es realmente es muy malo, no me causa nada de gracia que te atrevas a venir a decirme que todo lo que conozco se va a acabar sólo porque si. A ver, intenta explicarme según tú porqué el mundo se va a acabar. No tiene sentido ¿Ves?

Si, si, si, yo sé que todo se acaba. Pfff como si no ya me hubiera enamorado y desenamorado. Tengo quince, eso es lo que hago a diario ¿Recuerdas? Tan todo se acaba que mi paciencia está terminándose y tú sigues sin decirme de dónde te sacas que el mundo se va a acabar.

Oh, vaya. Si, supongo que tienes razón. El mundo se va a acabar. Ya veo. Tiene bastante sentido.

Espero que el nuevo dure más que quince años, no me puedo acostumbrar a que mis mundos sigan durando tan poco y mucho menos a que tenga que ir a preguntarle a mis sueños porqué nada sale como quiero y porqué todo acaba cada vez que a alguien se le ocurre irse. Ajá, mi mundo se acabó, de nuevo.

Espero llegues pronto a destruirlo todo, sólo si tienes pensado hacer que todo de nuevo sea un mundo nuevo. Los míos siempre me quedan a medias. Pero bueno, buenas noches.

Así fue que besó la pantalla del celular y lo escondió bajo las almohadas antes de irse a dormir, siempre que algo así pasaba lo único que quería era dormir.

Impulsos eléctricos y despedidas

Los instantes se quedan en tu memoria, las imágenes, las palabras, las caricias. Todo se convierte en impulsos eléctricos y se van guardando en el disco duro. Todo eso que estás viviendo en este instante ya no es más que un archivo guardado e indexado. Sabes que es sentir, pero realmente no sientes. Piensas, procesas, miras, caminas, tocas, juegas.

Existes, eres, estás.

¿Sientes? No. Sentir es lo que te falta para ser perfecta, para ser más humana, para no ser tan fría. Eso es una metáfora, sé que sueles no entenderlas, por fría no me refiero al metal del que estás hecha, me refiero a la manera en que te comportas. Alejada, distante.

Tus silencios no tienen significado y por lo regular sólo es el tiempo que tardas en encontrar las respuestas adecuadas a las preguntas que te plantean. Todo es en base a estímulos externos, no tienes conciencia y no te preguntas nada. No tienes curiosidad. No puedes amar. No puedes soñar. Estás inválida y aún así eres mejor que muchos nosotros.

Siempre ganas, pero no sabes dejar ganar. Sabes lo que los gestos de la gente significan pero no porqué están sucediendo.

Y no importa cuanto tiempo pase intentando reparar todos los errores persistentes nunca serás ella, por más que seas idéntica y que hasta haya logrado que la voz sea la misma. Eres un objeto vacío y verte ahí sentada no sirve de nada. La quiero a ella, ella que es más perfecta que tú sólo por todas sus imperfecciones. Sus berrinches, su manera de exigir atención, esa forma en la que se muerde el labio cuando se pone nerviosa al hablar. Todo eso la hace humana y no importa cuan similares sean tu sigues siendo un simple pedazo de metal y silicio.

La quiero ella y te construyo a ti, tengo miedo de que acercarme demasiado a ella implique que se aleje. En cambio tú estarás siempre porque yo te creé. Siempre serás mía y siempre estarás incompleta, siempre serás mía y nunca serás ella. Hoy hablo de esto viendo las cámaras que tienes por ojos, esas que escondí en las pupilas de cristal, esperando que entiendas porqué tengo que apagarte. Entiende que no es que haya dejado de intentar que funciones, simplemente quiero hacer que las cosas funcionen con ella, la real. La que siente.

Ella es mi instante y no pienso perderla. No hoy. Adiós.

Así como abandonar un perro, lo peor que un hombre puede hacer es liberarse

Poco a poco nos convertimos en una burda caricatura de lo que decimos ser, de eso que le contamos al mundo que siempre hemos sido. De nuestras metas y logros, nada de eso dura para siempre y poco a poco nos estamos transformando en todo lo que detestamos.

Llorar para no reír, reír para no odiar. Hacemos todo sólo para evitar hacer algo más. Intentamos controlar lo incontrolable y terminamos fundidos en pasiones incomprensibles.

Hacer lo que hacemos sólo por instinto, por el magnetismo que tiene tu cadera con mis manos y que al final sólo terminamos juntos por necesidad. Una inmensa necesidad de pertenecerle a alguien que quiere que le pertenezcamos. Ser porque nos quieren como somos, no porque nos piden que seamos.

Por mero hedonismo.

Morder tu cuello para marcar territorio en los desiertos de tu piel, que se sepa que es mío y que al final terminé ahí porque ahí debía estar. Que tu cabello se desliza entre mis dedos por que sólo ahí encaja todo de manera correcta.

Que el tiempo es relativo.

Que estás porque eres, que eres porque te veo. Nada más.

Estás sola

¿Así que, así se siente no importar?
Pareciera que fue ayer cuando reinos enteros temblaban al escuchar tu nombre, en cambio hoy estás aquí, sola.

Sola.

Siempre.

Sola entre las multitudes, multitudes a las que no les importa nadie ni nada.

Sola.

Hoy.

¿Yo? Yo la tengo a ella. No necesito nada más.

Control

Si todo es un diario quiero que el mío lo graben como radio novela,

que mi biografía no autorizada sea una serie de TV,

que mis cuentos salgan en revistas de adolescentes-compradoras-compulsivas.

Si tengo que vivir con el sistema, me voy a adueñar de los botones.

Si tengo que vivir con big brother viendo, al menos lo haré sonreír.

Bonus Track.

La mancha roja en el piso está fresca, no hace mucho tiempo que él llegó. Salió a comer hace dos días como de costumbre y probablemente ahora está en el baño. Es normal que nunca limpie su desastre hasta que está tranquilo, el olor a sangre siempre lo altera en esos momentos, quizá nunca se acostumbre a esta vida.

Eso fue lo que me dijo Ana, su esposa, antes de que Nicolás saliera a la entrevista.

-Todo pasó tan rápido ese día- Me dice Nicolás mientras mira por la ventana- Hoy en día ya nadie cree en los lobos más que como animales que viven en los bosques, esos lobos que sólo lo son en algunos momentos han sido olvidados.

-¿En algunos momentos? ¿Quieres decir, hombres lobo?- Pregunté escéptica.

-Si, hombres, mujeres, niños. Todos pueden ser un lobo por algún momento, algunos vivimos condenados otros simplemente se dejan llevar.- No dejaba de ver por la ventana, parecía como si estuviera recordando cosas importantes. -Yo … Yo no quería convertirme en lo que soy, tenía una vida feliz y realmente no pedía nada. Tenía un trabajo un hijo y mi esposa. Mi vida estaba completa.

-¿Recuerdas cómo pasó, Nicolás?

-Nunca podría olvidar ese día, ese día le fallé a Tomás, a Ana … Ese día me fallé.

En ese entonces vivíamos cerca del bosque, a orillas de la ciudad en una casa que, de no ser por las bardas, tenía un jardín por el cual se llegaba al bosque. Solíamos jugar con Tomás en el jardín, le había construido un columpio donde le gustaba pasar horas. La casa era grande, fueron buenos años -Le da un sorbo a su café sin dejar de mirar a la ventana y se acomoda la playera- ese día estábamos preparando las cosas para salir a andar en bicicleta por el bosque. Sería la segunda vez que Tomás iba con nosotros y ya era muy bueno en la bicicleta. Salimos tarde, cerca de las dos, habíamos comido y empezamos el paseo cerca del río iríamos hacia arriba. Empezamos a andar por entre los árboles, Tomás se nos adelantó iba muy rápido y pronto lo perdimos de vista. Lo seguimos, Ana y yo estábamos orgullosos de que tan pronto pudiera ir tan rápido. Estábamos platicando mientras nos acercábamos a él y escuchamos un grito. Aceleramos lo más que pudimos y los gritos aumentaban, era su voz, algo le pasaba a nuestro Tomás; Ana se desesperó y llegó mucho antes que yo, un lobo estaba atacando a nuestro hijo. Era un lobo mucho más grande que la mayoría, tenía el tamaño de un toro y fácilmente estaba devorando a mi hijo. Estaba paralizado, no sabía que hacer -una lágrima recorre su mejilla- Ana se aventó contra el lobo. La adrenalina recorrió mi cuerpo y con la navaja que tenía en el bolsillo ataqué al lobo pero alcanzó a morderme- Se levanta un poco la playera y me muestra la mordida- Logré salvar a Ana pero … -su voz se quiebra- no pude hacer nada por Tomás. Merezco ser el monstruo en el que me convertí.

-Veo que es difícil para usted hablar de esto ¿Hace cuanto pasó?

-Fue hace ya casi diez años, hoy Tomás tendría 23 pero lo peor no fue eso.

Lo peor fue la primera vez que yo me transformé, es la cosa más dolorosa que existe. Todo tu cuerpo quema y sientes como si te estuvieran rasgando la piel, tanto dolor te hace perder el control. Quieres hacer que el dolor se vaya pero no hay manera. Empecé a romper cosas, el estudio quedó destrozado. Ana estaba aterrada, su mirada me hizo sentirme un monstruo y huí, salí por el jardín y seguí corriendo. Aún no lo sé a ciencia cierta pero creo que la transformación te hace gastar tanta energía que a los pocos minutos mueres de hambre y de nuevo el instinto toma el control. Empecé a recorrer el bosque con la esperanza de encontrar algo que comer y poco a poco sentí el olor de carne a lo lejos.

Esa fue la primera vez que maté un animal y no regresé a casa hasta dos días después. Cuando vuelves a ser humano tus músculos parece que explotarán y todo el cuerpo te duele.- ríe un poco- Al menos ahora tengo el cuerpo de un campeón, ja.

Poco a poco Ana recuperó la confianza en mi y ahora vivimos estables. Esta casa está lejos de la otra, totalmente del otro lado porque ese animal que comí ese día era el lobo que me convirtió, el lobo que mató a mi hijo. No me arrepiento, realmente creo que el también estaba agradecido y siento que de alguna forma lo liberé.

-Una última pregunta ¿No han pensado tener hijos de nuevo, iniciar una nueva vida?

-No sabemos que podría pasar si alguien como yo tiene hijos, tenemos miedo pero siempre queda una segunda oportunidad.

Todos tenemos otra oportunidad de salvarnos.

El guerrero del viento y la princesa verde

Esta es la historia de un guerrero que había caminado por mundos enteros buscando a la doncella que perdió cuando niños, una doncella que era reina de los bosques y los animales. El era un guerrero de viento y agua, de mares y nubes, de la tierra de las dunas grandes. Se conocieron en el fin del mundo cuando eran niños pero el tuvo que partir porque su camino lo indicaba.

Hoy, muchos años después ambos crecieron y el tiempo lo había convertido en un hombre fuerte pero su corazón seguía perteneciendo a Estela, la niña del fin del mundo. El día que se separaron fue como si una parte de su cuerpo hubiera muerto, algo en su forma de actuar cambió y se volvió tan despiadado como era necesario para cumplir su destino. Era frío y hablaba poco, realmente no era nada de lo que Estela conoció, quizá por ella era así, quizá por el mundo se volvió así.

Hoy, muchos años después ambos crecieron y el tiempo la había convertido en una doncella ágil y lista para lo que fuera que se encontrara en el camino pero su corazón se había roto desde que Adrián, el niño del fin del mundo, se había ido. Desde ese día en que se fue ella recorrió los bosques nuevos del mundo errante, se hizo amiga de los caballos dorados y de los lobos de humo. Poco a poco los bosques la reconocieron como la Princesa Verde y estaban a su servicio. Se volvió dulce con los animales pero muy desconfiada de la gente.

Adrián caminaba por las orillas de las dunas de sal hacia el bosque largo, algo lo llamaba y sus misiones en las minas de cristal habían terminado. Era libre después de tantos años. El paso era lento pero constante y a cada que paso que daba el viento, que era su aliado desde hace ya mucho tiempo, borraba sus huellas. Las nubes negras seguían sus pasos evitando que el sol hiciera que su camino fuera más difícil y poco a poco se acercó a la casa de la Princesa Verde, a orillas del bosque largo.

La Princesa Verde lo había visto venir desde que se acercaba por el mar verde de los delfines rosas, los cuervos de humo se lo habían confirmado y ella lo esperaba, paciente como si nunca hubiera dejado de creer que él vendría. Se había reavivado la esperanza en lo que quedaba de su corazón pero con ella también la ira y el dolor. Nunca le había perdonado que la abandonara, no sabía porqué regresó.

La Princesa Verde esperaba al Guerrero del viento en bosque largo. Mucho tiempo había pasado desde el fin del mundo. La luna había crecido y disminuido desde que los cuervos de humo le avisaron que se acercaba y las nubes grises que venían con el comenzaban a disiparse. El Guerrero del viento había guardado su espada y había cambiado sus viejas pieles por la ropa negra y la cota de malla que había comprado en el pueblo de los nómadas de las montañas. Se sentía triste de haber dejado su caballo del otro lado del mar pero al menos así sería más fácil que los lobos de humo lo dejaran pasar.

La Princesa Verde le pidió al jefe de los caballos dorados que la dejara montarlo, se acercó a las dunas de sal lo más que pudo y bajó de él. Caminó en dirección al mar verde esperando encontrarse con Adrián en algún punto cerca de la mitad. Quería verlo, estaba desesperada por encontrarlo de nuevo. Repetía su nombre en su mente porque, para ella nunca dejaría de ser Adrián, el niño del fin del mundo. Para cuando se dio cuenta ya no lo repetía en su mente, estaba corriendo y gritándolo, las lágrimas recorrían sus mejillas y la desesperación se notaba en sus ojos.

Adrián la escuchó, su corazón se alteró, sintió cosas que hacía mucho tiempo no sentía. Estela era la voz que escuchaba en su mente desde que dejó las minas de cristal y ahora que la tenía tan cerca sentía que escuchaba su voz. Poco a poco se dio cuenta que no era otra ilusión, era realmente su voz. Empezó a correr hacía donde la escuchaba y tan rápido como pudo haber pasado estaban de frente, llorando y lo único que supieron hacer fue abrazarse como la última vez.

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