Los hijos del fin del mundo.

Camino entre las calles buscando encontrar ese momento que dejamos atrás, espero poder encontrar ese suspiro que te robé en los lugares que se han vuelto nuestros. Cada beso, cada caricia, cada sonrisa, son “equis” en el mapa de esta ciudad que está ahí, para nosotros. Somos Reyes y Reinas de un mundo al cual ya no pertenecemos. Ajenos a una realidad que detestamos, creamos sueños y realizamos fantasías.
Somos los hijos del fin del mundo, los desterrados, los que al final del día están cansados de ver el tiempo pasar. Somos esos que saben todo y no les importa nada, pero también somos los que aprecian esos momentos que todos dejan pasar.

¿Hace cuanto que un beso no te deja pensando en que el mundo es un sueño? ¿Cada cuando ves el cielo y te preguntas que pasará cuando las nubes lo cubran todo? Detente un momento, respira, cierra los ojos. Imagina un mundo sin cielo azul, un mundo donde la persona que amas y la persona con quien estás no pueden ser la misma. Un lugar donde ser feliz es tabú y soñar está prohibido. Se lo que sientes, lo he pensado diario desde hace algo de tiempo.

Sabes que es disfrutar cada día con él, conmigo, porque has pensado que todo puede ser peor y juntos todo es distinto. Las nubes, el cielo, el sol, el pasto; todo es irreal, es parte de un sueño donde el mundo siempre está a tu favor. Sigo sin encontrar ese momento pero voy de la mano contigo, el pasado no importa, importa que estás, que eres.

Si la realidad sólo es un conjunto de percepciones, tú realidad y la mía sólo pueden ser la misma si percibimos lo mismo, compartimos realidad al besarnos. Es el único momento en el que vivimos en el mismo mundo, nuestro mundo.

Alto, nos detenemos a ver la luna. Irónicamente de noche todo es luces y tú luces hermosa, sonríes, me besas, corremos. El secreto de llegar a los lugares especiales es nunca saber a donde vas pero no dejar de caminar, detenerse sólo porque se ha encontrado el tesoro de un momento. Momentos, varios, tuyos todos.

Ya estoy enredando las cosas de nuevo, sólo es una caminata nocturna, que empezó como un día perfecto. Perfecto. Perfecto no, suena pequeño comparado con lo que fue o más bien, con lo que me hiciste sentir que fue. ¿Ves? Ya me hiciste decir cursilerías de nuevo, pero de esas bonitas que sólo tú entiendes porque van escondidas entre los renglones. Entre los besos.

¿Somos realmente el futuro los hijos del fin del mundo? No lo sé, pero no intento averiguarlo, lo mejor es sólo hacerlo, vivirlo. No estar ahí cuando suceda, hacer que pase, que nos pase. Enamorarnos de nuestras victorias y llorar nuestros fracasos. Sabemos todo menos sentir y nos fascina. Somos vampiros de sentimientos ajenos que sólo se sienten vivos cuando están sintiendo. La gente dice que ya no hay amor en el mundo pero somos la prueba viviente de que existe, lo sentimos, lo vivimos, lo creamos, lo damos. Amor no es un beso, es una sonrisa que duele y una lágrima que quema; son manos sudorosas por los nervios de acercarme a ti.

Tú. Tú eres hija del fin del mundo y heredera del infinito, como yo, como todos. Tú sabes lo que tienes y lo que puedes perder, juegas con el tiempo en contra y con el reloj a tu favor. Los momentos que creas duran horas que pasan como segundos. Besos que se sienten eternos y que te hacen temblar. Eres, somos, estamos.

Si los hijos del fin del mundo somos realmente el futuro, no esperes un mundo mejor pero si uno con colores más vivos y sentimientos más intensos.

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