Dualidad.

El escritor estaba solo, era de noche y la ciudad parecía no dormir, la luz de la pantalla lastimaba sus ojos, la oscuridad lo envolvía. Se levantó de la vieja silla para prender la luz, que como las luciérnagas de su cuento, iluminaría su noche para continuar el camino de su viejo Samurai.

Caminando entre los árboles del bosque, buscando un refugio para dormir se encontraba un viejo rōnin que intentaba recuperar el sentido de su vida. Nunca había perdido una batalla, pero perder a su amo fue lo peor que le podría haber pasado, no comprendía que sería de él ahora que no tenía alguien a quien defender.Llegó a una cueva, después de mucho caminar y decidió que era el lugar indicado para pasar la noche. Inició un fuego para calentarse y preparar un poco de té. El silencio se había vuelto su compañero y aliado, le permitía pensar y escuchar a los intrusos que pudiesen llegar a acercarse. Con tanto silencio uno sólo escucha sus pensamientos, dijo en voz baja Yoshinobu, mientras esperaba a que el té terminara de calentarse.

No podía seguir pensando en otra cosa que no fuera ella, tenía semanas sin verla y realmente la extrañaba. Su mente estaba llena de su cuerpo y su piel formaba un manto sobre todos sus pensamientos. Sus pecas eran constelaciones que iluminaban la oscuridad de la historia. Ella era la que le daba color a los personajes, la que lo mantenía vivo. El escritor tenía que tomar un descanso, debía verla aunque sea un momento. Debía estar entre sus brazos una vez más. Apagó la computadora, tomó la sudadera y las llaves y salió hacia su auto; marcó desde su celular para avisarle que iría a verla que la necesitaba, ella sólo contestó que ojalá que no tardara que el tiempo sin él era insoportable. El celular terminó en el asiento del auto y el aceleró entre las calles de la ciudad para llegar con ella.

En sus sueños revivía todas las noches el momento en el que llegó a casa y vio el Kujira-makuque tanto le había preocupado toda su vida encontrar, protegerlo era el sentido de su vida y al estar en una misión para defenderlo no pudo evitar su muerte. Cumplir una orden, para incumplir su propósito en la vida, fue una grande ironía. En ese momento decidió dejar Suruga para siempre y empezó su viaje para encontrar una nueva misión, un nuevo camino. Cuando despertó, poco antes del amanecer, reunió sus pocas pertenencias y siguió caminando, esperaba encontrar alguna casa donde pudieran servirle un poco de oden y al menos así dejar de sentirse tan cansado. Había robado algunas fresas y tenía bastante té, pero no era suficiente.

Las luces de la ciudad pasaban rápidamente por las ventanas del auto, tenía prisa por llegar, prisa por estar. Gotas empezaron a llenar el parabrisas, la lluvia era lo que faltaba en esta noche que, por fin, podría verla de nuevo. Era una noche poética e irreal, tenía miedo de estar alucinando y que en realidad estuviera tan interesado en escribir la historia que su vida dejara de ser suya y fuera sólo un reflejo de lo que su mente necesitaba. Para cuando llegó con ella la lluvia había cesado, bajó del auto y la vio, sentada en las escaleras del edificio con su cabello rojo mojado por la lluvia, esperando. La tomó de la mano para ayudarla a levantarse y la besó, fue un beso desesperado, pasional, como si quisieran fundirse en un solo ser que fue reunido después de estar separado por siglos. Ese beso pudo durar segundos u horas, no es algo que él pueda recordar, siendo francos hay muy poco de esa noche que recuerde claramente. Subieron al auto y él volvió a acelerar, parecía que iba sin rumbo pero ambos sabían a dónde iban, ese lugar era suyo, ese lugar tenía todas sus memorias y era el momento de ir por ellas.

Poco después de que el sol llegara al cenit encontró una pequeña casa a un lado de un río, se acerco caminando a paso lento y tocó la puerta al llegar. Encontró a un viejo campesino que estaba cocinando y lo invitó a pasar. El campesino lo reconoció y se sintió honrado de tener a un héroe como él de invitado en su casa. Empezaron a comer y platicaron de las misiones y batallas en las que él había estado involucrado, su pasado como historias de la gente. Tomaron el té juntos y el campesino lo invitó a dormir en su casa, le dijo que no sería problema que descansara y que le haría bien. Él tenía miedo de dormir, de soñar de nuevo con el principio del fin. Tener un sueño recurrente es como si un lobo te persiguiera, cada vez se ve más cerca porque ya no puedes seguir corriendo. Sus memorias eran sus enemigas y sin embargo era todo lo que tenía. Era hora de enfrentar sus sueños de nuevo, tenía que dormir otra vez.

Cuando llegaron al hotel pidieron la habitación de siempre, esperaron por las llaves y subieron por el elevador. Estaban callados, nerviosos como esa primera vez que vinieron. Se habían quedado sin opciones y ese hotel era el primero que encontraron, era la primera vez de ambos en un lugar así para estar solos. Era la primera vez de ambos en muchas cosas. Caminaron despacio por el pasillo hasta encontrar la habitación. 210 decía el número en la puerta, estaba abierta y sólo estuvo así hasta antes de entrar. Todo era tan neutral, como si nadie hubiera estado ahí, como si fueran los primeros en entrar a esa habitación. Las primeras veces siempre parecen eternas y cada paso que daban, dentro de esa capsula que los alejaba del mundo, parecía durar lustros. Hoy parece que nuca hubieran venido aquí, todo nuevo, de nuevo. Esta noche sería la primera en mucho tiempo y pensar cuantas veces estas mismas sabanas los mantuvieron atados a la cama.

Los sueños no lo atormentaron esta noche, parecía que la comida y el dormir con compañía le había permitido estar tranquilo. Estaba dispuesto a deshacerse de los sueños a como diera lugar así que le pidió al campesino que lo acompañara, que tomara lo que pudiera de su hogar y siguieran juntos en el nuevo camino de Yoshinobu. Él aceptó encantado y después de unas horas de guardar alimento y algunas cosas partieron de nuevo hacia el bosque. Acompañado era más fácil viajar, podía distraer su mente hablando y si llegaban a atacarlos no estaría sólo, tendría algo que defender y por tanto sería mucho más difícil que lo vencieran. Lo mejor de no saber a donde ir es que no se sabe cuan largo es el camino, le dijo el samurai al campesino mientras comenzaban a alejarse de su casa. Siguieron caminando hacia el horizonte hasta que el sol dejó de verse y luego caminaron un poco más.

La ropas se perdieron como cenizas de un fuego silvestre y el cuarto pareciese de un niño desordenado a los pocos minutos de haber llegado de la escuela, sólo esperaron a haber cerrado la puerta para dejar que el instinto los controlara, que todo ese tiempo que habían estado sin verse se convirtiera en solo un recuerdo remplazado por recuerdos mejores. Por momentos, por instantes, por horas enteras el mundo no existía, sólo era un recuerdo de otra vida. Juntos todo se veía tan lejano, nada parecía real más que el instante en el que estaban. Mordidas, rasguños, besos, caricias, todo era un caos ordenado, eran acciones que se guiaban por las reacciones y que poco a poco los fundían en un sólo ser. La verdad, ninguno estaba pensando porque necesitaban no pensar, necesitaban olvidar esos meses lejos y todo lo que había pasado. Todo fue un error que sus familias no pudieron comprender, estaban condenados a estar separados y nunca olvidarse, por más que lo intentaron nunca pudieron dejar de amarse.

Estaban a punto de sentarse a descansar cuando a lo lejos vieron humo negro y flamas, algo estaba pasando en el pueblo que estaba justo en frente del sendero que estaban siguiendo. Preocupados aumentaron el paso para poder llegar a ver que sucedía. Para cuando llegaron el fuego estaba siendo controlado por los aldeanos y  la gente estaba asustada.  Pocos comprendían que estaba pasando y había gente herida, como pudieron les explicaron a Yoshi y Tadanabe, ese era el nombre del campesino, que  habían sido atacados por el clan Toyotomi y les explicaron que su aldea se encontraba en medio de las batallas entre el clan Toyotomi y el clan Tokugawa y ellos no tenían a nadie a quién recurrir cuando las batallas terminaban en el pueblo. Al fin había encontrado algo que podría servir como su nuevo camino, un nuevo comienzo.

Agotados, acostados boca arriba y tomados de la mano esperaban a que nada pasara, a que el tiempo se detuviese y no tuvieran que huir de ese último refugio. El empezó a contarle que la historia se estaba escribiendo sola, que el samurai estaba encontrando su camino, que todo estaba encajando, que tenía la esperanza de que su mundo y el del samurai volvieran a tener sentido y ambos dejaran de ser vagabundos. Ella sólo sonreía, acariciaba su mejilla suavemente y lo escuchaba hablar emocionado sobre el samurai. Esa historia que lo estaba salvando de caer en la locura, esa historia que lo mantenía cuerdo mientras estaban distantes. Esa historia que se había vuelto la única esperanza de ambos de queal final, todo podía tener sentido de nuevo.

Pasaron los días y una batalla empezó, la gente estaba tranquila. La mayoría había estado minutos antes en un hanami viendo las flores de cerezo deshojarse y caer lentamente. Algo tan hermoso no duró mucho tiempo y el clan Tokugawa se había presentado para reclamar las tierras en nombre de la guerra que estaba sucediendo.

Empezó a sonar el teléfono de la habitación, no podía ser posible, no a esta hora.

Las flechas en llamas fue lo primero en caer, las casas comenzaron a incendiarse y los cerezos parecían velas en un templo.

“Joven, lo buscan en la recepción” esto no podía ser bueno, nadie sabía que estaban ahí. Nadie podía saber.

Yoshi y Tada estaban nerviosos, eran muchos samurais contra ellos dos y aún así no se movían de su lugar, esperaban el momento de atacar.

El escritor se vistió lentamente y le dijo a su amada pelirroja que esperara, que esperaba no tardar, que esperaba que no fuera nada importante. Esperaba tantas cosas.

Ambos estaban listos, Yoshi desenfundó sus dos espadas y Tada empezó a hacer girar su kusarigama, sabían que esta sería su última batalla y estaban dispuestos a dar su vida defendiendo su nuevo hogar y su rejuvenecido honor.

Bajó por las escaleras, tenía el presentimiento de que algo malo lo esperaba en la recepción. Nunca subían a buscarlos, nunca. Para cuando estaba bajando las escaleras del primer piso escuchó voces conocidas, su cuñado y su suegro. Esto no iba a terminar bien.

Empezaron a atacar a todo lo que se movía y los guerreros cayeron uno a uno, sus fuerzas comenzaban a flaquear y parecía que no le hacían nada a ese pequeño ejercito. No retrocedían ni un paso y por cada hombre que caía venían dos detrás.

Bajó el último escalón y los encontró ahí, vestidos de traje esperando a que bajara. “¡¿Dónde está Elena?!” Le gritaron en el instante en el que lo vieron, su cuñado movió un poco su camisa para mostrarle que cargaba con la pistola de siempre. “Está conmigo y hoy no se la llevarán de mi.” contestó el escritor temblando de miedo y esperando el final.

Yoshi sabía que perderían esta batalla pero estaba contento de dar hasta su último aliento defendiendo lo único que le quedaba, ese pequeño lugar que le dio sentido a su vida de nuevo. Pensaba morir como todo un samurai, peleando junto a su nuevo compañero y amigo, defendiendo lo que quería, peleando hasta el final.

Elena había encontrado una nota en la cama que decía “No bajes por la escalera principal, las llaves del auto están en el tocador y dejé algo de dinero, huye por favor. Te buscaré pronto.” Ella siguió su consejo y bajó por la escalera de emergencia, subió al auto y con lágrimas en los ojos condujo con rumbo a la carretera, iría muy lejos de aquí.

Los aldeanos estaban seguros, en otra villa, disfrutando del hanami  con el aviso y consejo de Yoshi habían salido de la aldea a tiempo para evitar esa batalla que sería tan destructiva, no pudieron agradecerle haber salvado sus vidas y aceptaron que debían huir.

Su sonrisa era de paz y sin importar el charco de sangre pareciera como si estuviera feliz, al final algo tuvo sentido y pudo protegerla. Pudo lograr que huyera.

Yoshi estaba tirado en el suelo, sangrando. El final estaba cerca y al final algo tuvo sentido y pudo proteger a alguien de nuevo. Pudo salvarlos.

Sus ojos perdieron el brillo, pero su vida tuvo sentido.

Sus ojos perdieron el brillo, pero su vida tuvo sentido.

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