Así como abandonar un perro, lo peor que un hombre puede hacer es liberarse

Poco a poco nos convertimos en una burda caricatura de lo que decimos ser, de eso que le contamos al mundo que siempre hemos sido. De nuestras metas y logros, nada de eso dura para siempre y poco a poco nos estamos transformando en todo lo que detestamos.

Llorar para no reír, reír para no odiar. Hacemos todo sólo para evitar hacer algo más. Intentamos controlar lo incontrolable y terminamos fundidos en pasiones incomprensibles.

Hacer lo que hacemos sólo por instinto, por el magnetismo que tiene tu cadera con mis manos y que al final sólo terminamos juntos por necesidad. Una inmensa necesidad de pertenecerle a alguien que quiere que le pertenezcamos. Ser porque nos quieren como somos, no porque nos piden que seamos.

Por mero hedonismo.

Morder tu cuello para marcar territorio en los desiertos de tu piel, que se sepa que es mío y que al final terminé ahí porque ahí debía estar. Que tu cabello se desliza entre mis dedos por que sólo ahí encaja todo de manera correcta.

Que el tiempo es relativo.

Que estás porque eres, que eres porque te veo. Nada más.

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