Eres mi suerte

Meses después de haberte dejado en la estación de tren no pude soportarlo ni un día más, cada día pesaba más que el anterior y al final tomé la decisión de seguirte. Compré un boleto igual al tuyo, vendí algunos de los libros que tenía y me decidí a encontrarte, no podía permitirme perderte de nuevo.
Al llegar a mi destino caminé sin rumbo en la ciudad, esperando que poco a poco todo encajara de la manera correcta y pudiera encontrarte. No sabía nada de tu nueva vida más que el hecho de que no quería impedir que siguiera su rumbo, sólo quería intentar ser parte de ella una vez más.
Sigo usando la bufanda que me diste antes de partir, aún huele un poco a ti. Sigo escribiendo pensándote y con ganas de que lo leas todo y sonrías. Tus besos siguen escritos en mi piel y el tatuaje en mi pecho sigue siendo tuyo. ¿Cómo puedo escribir todo esto cuando el pasado es algo que no quiero recordar a menos que sea donde estamos juntos? ¿Cómo puedo estar seguro de que eventualmente estaremos juntos de nuevo?
No importa, camino esperando llegar al centro de la ciudad, intento encontrar la forma de saber a dónde irías. Verte de manera casual, hacerte sonreír de nuevo. Pedirte perdón por no haber ido contigo desde un principio. Pedirte otra oportunidad. Las calles están solas y son largas, la primera noche no dormí, caminé bajo los faroles y las pocas estrellas que pueden verse en estas noches. Mi rumbo era incierto y mis recursos pocos pero no iba a permitir que eso me impidiera empezar de nuevo todo. Cargaba con algunos ensayos nuevos, no perdía la esperanza de que en algún momento alguien los publicaría.
Eras mi suerte ¿Recuerdas como solían venderse mis cuentos cuando tu eras la primera en leerlos? Eso no pasa hace algo ya de tiempo y si no fuera por la columna de la revista no tendría dinero para intentar siquiera venir a verte unos días. La revista entiende, me dejan mandar la columna por correo, el celular al menos sigue funcionando para eso y dicen que probablemente me den otra página si todo sigue bien. Más páginas, más dinero, más lectores o al menos eso espero. Eso no importa. Tu eres prioridad y meta.
Meta, ja, como si todo esto fuera una carrera que podría llegar a ganar. Me detengo, prendo otro cigarro y me siento por un momento a ver el cielo, después de todo sigo siendo el chico que mira las nubes. En el cielo de tu ciudad hay más nubes que estrellas y pareciera que las estrellas usan a las nubes de manto para ocultarse de la vista de la gente, que intrigada por su brillo, las mira impúdicamente. Estrellas apenadas pidiéndole a las nubes que las cubran. No sé porqué al escribir esto pienso en ti envuelta en la toalla como todas esas veces que salías de bañarte y sonreías al verme. Esa sonrisa que sólo yo conocía, a veces me he llegado a preguntar si será que esa sonrisa nació conmigo y es por eso que sólo yo la conozco. Sería muy ególatra de mi parte creer algo así pero tu misma decías que me es imposible pensar que el mundo gira sin mi.
Sentado en la banqueta las nubes se ven lejanas, enmarcadas por el metal de los rascacielos pareciera que son peces navegando eternamente por un tanque lo suficientemente grande como para que pensemos que su viaje nunca termina. ¿No es eso la vida, un viaje en un tanque tan grande que pareciera que nunca llegaremos al otro lado? O quizá, el tanque es tan pequeño que estamos dando vueltas en círculos y no lo notamos.
Me levanto y camino un poco más, el sol empieza a salir y desde hace una hora ya hay gente en las calles. Me detengo y pido direcciones, me dicen que el centro de la ciudad está cerca. Unos pasos más y llegaré, desde ahí espero poder adivinar a dónde irías cuando no sabes a dónde ir y así al final encontrarnos. Encontrarnos, como si ambos nos buscáramos cuando en realidad soy sólo yo el que está desesperado por volver a sentir tus manos en las mías o, si no me queda más, poder tener tu mirada en mi rostro y sentir como tus ojos queman mi piel con esa ira, que sé que tienes contenida, al ver que al final vine aunque podría ser que tardé demasiado.
Porque si, vine, vi y me conquistaste. Como la primera vez que te vi y pensé eso, me esperabas viendo hacia el final del anden y cuando llegué instintivamente recogí tu mochila. Sonreímos y nos saludamos por mero instinto pero las palabras tardaban en salir, estábamos nerviosos y cuando mis brazos rodearon tu cintura ambos temblamos un poco. Platicamos y reímos, pero también ese día nos besamos por primera vez. Aún recuerdo como se sienten tus labios en los míos cuando no puedes con las ganas y dejas el orgullo de lado para, por fin, hacer lo que deseas.
Eso fue hace tanto y a la vez tan poco tiempo, la verdad es que el tiempo ya no transcurre de la misma manera para mi desde hace algunos otoños y las primaveras no tienen tanto color desde que te fuiste. Si, sólo va una, lo sé; pero realmente las cosas no se mueven igual cuando no estás.
El tiempo se estira y por momentos se acorta, por ejemplo después de dos días de viaje desde que salí del que en algún momento fuera nuestro hogar ya estoy en el centro. Mucho menos tiempo del que pensaba que tardaría. Estoy aquí, acostado viendo las nubes en la explanada a un lado del asta. Sigo tirándome a ver las nubes como si me fueran a dar las respuestas.
Me levanto, tomo la mochila y decido que el lugar más probable de encontrarte sería en alguna librería. Sigues siendo mi suerte, pocos metros después de la tercera a la que entro te veo a lo lejos. Llevas una bolsa del super en la mano y tu mochila en la espalda. Tu cabello ya no es del mismo color que la última vez, pero eso no me extraña, nunca se mantuvo tanto tiempo de un solo color. El verde me hace sonreír, quizá porque en el fondo creo que sigues pensando en mi.
Una bolsa del super y la mochila, vienes de la escuela, podría apostarlo. Lo que implica que o vives cerca de aquí o ya aprendiste a moverte.

Te grito, volteas, me ves.

Sonríes.

Me río.

Me gritas.

Camino.

¿Ves? Eres mi suerte.

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