Nonsense bullshit out of the pen.

Estás lejos
escondida entre los árboles

ocultándote de mi

esperando.

Estás lejos

esperando a que te llame

hoy no voy a odiarte

tampoco a buscarte

Estás lejos

Que mal por ti.

Ya no me sabes.

Cualquiera diría que hoy desperté del lado izquierdo de la cama, la verdad es que desperté en el lado derecho, el lado en el que dormiste. No sé que sea peor, pero es malo o al menos eso parece. Siempre duermo del lado izquierdo, al menos si acostado ves el techo es el lado izquierdo y yo no sé que tienen las mujeres que todas eligen el derecho.

Ella estuvo a mi lado derecho mientras dormía, con ella dormí abrazado a su lado izquierdo, ella se volteó y me dio la espalda en el lado derecho.

Hoy desperté ahí, acurrucado en el lado derecho de mi cama con frío y esperando a que alguien me abrazara. No es tristeza y no es enojo quizá es un poco de melancolía.

Quizá todo hubiera sido diferente si yo no fuera quien soy, si te hubieras enamorado de mi y no de la imagen que tenías de mi quizá así todo sería diferente. Quizá así no necesitarías saber mis razones para estar contigo o quizá así estarías segura de lo que te digo.

Mi cama siempre está vacía, pero cuando hay alguien todo el cuarto es diferente y los cambios siempre son relativos a las personas. Con ella todo brilla, con ella las paredes son más blancas, con ella las cobijas son pesadas, con el es más pequeño todo, con ella todo está a oscuras. Todos son distintos, uno puedes ser tú o puedo ni siquiera estar hablándote. Ella ya no eres tú.

“Hola (coma) al parecer estás perdida y ni yo puedo encontrarte (punto) Espero que para cuando esto llegue a ti (coma) todo parezca familiar y te hayas encontrado (punto)” Que lástima que los telégrafos ya no sean prioridad, que lástima que no sepa donde está ella.

Que lástima que ella ya no seas tú y que al final, todo parece una repetición. Que lástima que ahora no me sepas o más bien, me ignores.

Mi cama está vacía y yo estoy esperando a que alguien entre al cuarto a cambiar su estado por uno más real. Al menos cuando ellos cambian el estado el cuarto, no estoy tan solo.

Toma dos.

¿Tangamandapio? Eso suena a pueblo olvidado por Dios – Dijo el Junior a su amigo mientras le daba una mordida a su taco- ¿Para qué vamos a ir a un lugar así?

Porque ahí tienen una casa mis papás, va a estar sola todo el fin de semana y voy a hacer una fiesta. Agarramos la explorer, nos llevamos a varios ahí y los demás que lleguen. Hay 4 cuartos cabemos bastantes. No te hagas el santo y ya, di que si vas.

Suspiró, le tomó a la Coca-Cola Light y respondió- Ahí estaré, aunque la verdad, no me dan muchas ganas.

Va a ir Rebeca – Y Juan volteó se subió a la moto y se fue, las luces se alejaron y Diego se quedó a terminar de cenar.

Diego estaba recostado en su cama, giraba de un lado a otro sin encontrar como acomodarse. Era la tercera vez en la noche que despertaba y no podía conciliar el sueño, el vaso con agua ya estaba vacío y sus ojos verdes se veían brillantes con la luz de la calle que entraba por la ventana.

Nada tenía sentido en el sueño.

No, no tenía sentido porque no era un sueño, era un recuerdo. Era de día en la casa de Rebeca y estaban solos, estaban por sentarse a comer y ella comenzó a sentirse mal, se recostó y Diego la acompañó. Él estaba buscando alguna aspirina, ella sólo estaba fingiendo. Rebeca llevaba años luciendo su cuerpo, hablando con Diego y estando cerca de él pero el no parecía entender las indirectas. Eso iba a cambiar, ella lo había decidido. Diego volvió del baño con una caja de aspirinas y Rebeca estaba parada a un lado de la puerta, cuando entró la cerró y pudo verla, estaba en ropa interior. La reconoció, el la había acompañado a comprarla, era blanca con puntitos rojos. El sol dejaba entrar sus últimos rayos por la ventana del cuarto de Rebeca iluminando su cadera mientras se paseaba por el cuarto, parecía una flama moviéndose con el viento, como bailando un tango con las cortinas. Su cuerpo, delineado por la luz y la ajustada ropa interior, se veía amenazante. Ella era un depredador y el no encontraba la manera de escapar o al menos no entendía porqué estaba a punto de terminar en la cama con Rebeca. Su Rebeca. Se acercó a él y lo tomó por el cuello. Ese fue el único momento sutil de ese día. El único momento en el que algo encajaba. Era su amiga, era la que siempre estaba ahí, esto no tenía porqué estar pasando así y no es que no lo quisiera, sólo no lo comprendía. Comprender, comprender es algo que no es necesario cuando pasan estas cosas pero al día siguiente todo pesa como si se cargara el mundo en la espalda. Él se fue temprano ese día, desde entonces no se ven.

Soñó tres veces con lo mismo, no era coincidencia, sabía que Juan lo había puesto nervioso por recordarle que Rebeca iría a la fiesta en Tangamandapio. Sería la primera vez que la vería desde ese día, no sabía si ir o no. Estaba confundido, pero ya encontraría la solución. Al despertar intentó tocar algo en la vieja telecaster para desestresarse pero nada salía. Al final debía actuar y dejar de preguntarse todo, marcó a juan y le dijo “Me voy a llevar el coche, me avisas a que hora y dónde te veo para seguirte.” La siguiente llamada la pensó aún menos, pero definiría lo que fuera a suceder.

“Rebeca, ¿Quieres irte conmigo a lo de Juan, me voy a llevar el coche?”

“Si”

“Lo demás aún está por definirse.” Le dijo Juan a Mariela mientras terminaba de contarle lo que le había dicho Diego antes de aceptar ir a la fiesta y arrancó la camioneta.

Escapar.

El tren estelar se alejaba lentamente de la tierra, era la salida de emergencia y como tal, la última esperanza de un planeta sin recursos. Era lo más parecido a un zoológico, si los zoológicos fueran probetas criogénicamente preservadas con ADN de todos los animales existentes en la tierra, era la versión futurística del Arca de Noé.

Los tripulantes eran pocos porque sólo se necesitaba gente que cuidara de la maqinaria y dos seres humanos que iban como parte del arca. Encargados de ser los siguientes “Adán y Eva” de a donde fuera que fuese el próximo planeta que los humanos habitaran o, al menos esperaban que esta vez si encontraran un lugar habitable. No nos quedaba mucho tiempo, ni recursos y para ser francos casi no quedaban esperanzas.

Parecía que algo más grande que nosotros, un Dios, un Creador, lo que fuera, nos estaba castigando. Llevabamos años intentando un lugar a dónde huír, un lugar que sirviera de planeta de repuesto, años fallando en incontables ocaciones y la tierra pareciese debilitarse a cada año que pasa. Alguien dijo una vez, y ahora creo más que nunca que tiene razón, que “Quizá Dios sólo nos dará un planeta nuevo hasta que destruyamos este” ¿Qué límites tendremos que romper para que todo empiece de nuevo?

El tren se alejaba y ahora sólo quedaba esperar, creer. Seguir creyendo que algo bueno iba a pasar, que encontraríamos un lugar a dónde ir y que el fin era sólo otro principio. La humanidad entera estaba aferrada a ese instante en el que ya no tienes nada que peder y aún así intentas recuperarlo todo en lugar de ser libre y vivir los últimos momentos.

Muchos estaban seguros que la solución era entregarse al pecado, estaban seguros que si ya no había esperanza y ese Dios nos había abandonado sus reglas no tenían porqué seguir importándonos. Party like it’s hell on earth baby! Entre las cosas más comunes de esos días estaba encontrar entre las calles de la ciudad casas en las que pareciese que las luces nunca se apagaban y, para ser francos, en verdad nunca lo hacían. Lo único que se cobraba era lo que quisieras consumir para estar a tono, lo demás era gratis, la música era continua y las luces iluminaban lo necesario, pero sin parar.

Otros tantos decidieron que, quizá vivir ya no era la respuesta, quizá el punto de la destrucción era llevarla al extremo, autodestruirse para renacer. Eligieron el suicidio, multitudes murieron en esos momentos, pero nunca fue suicidio en masa. Era una idea que mucha gente tenía y no por eso fue algo que sucedio en grupos. Cada quien lo hacía solo y, coincidentemente, muchas personas lo hacían al mismo tiempo.

Yo, aquí en el tren estelar, realmente no creo nada. Nada importa cuando tienes tanto tiempo para pensar. Nacer y morir es lo único que pasa y eventualmente dejará de pasar. Eso es todo. Aunque el planeta que encontremos tenga libélulas verdes volando entre bosques amarillos, eventualmente ahí también moriremos y algunos querrán huír de nuevo pero, es tarde y tengo que revisar que todo esté en orden. Sería una tragedia que por estar grabando esto no encontraramos a donde ir ¿O no?

Cambio y fuera

Dualidad.

El escritor estaba solo, era de noche y la ciudad parecía no dormir, la luz de la pantalla lastimaba sus ojos, la oscuridad lo envolvía. Se levantó de la vieja silla para prender la luz, que como las luciérnagas de su cuento, iluminaría su noche para continuar el camino de su viejo Samurai.

Caminando entre los árboles del bosque, buscando un refugio para dormir se encontraba un viejo rōnin que intentaba recuperar el sentido de su vida. Nunca había perdido una batalla, pero perder a su amo fue lo peor que le podría haber pasado, no comprendía que sería de él ahora que no tenía alguien a quien defender.Llegó a una cueva, después de mucho caminar y decidió que era el lugar indicado para pasar la noche. Inició un fuego para calentarse y preparar un poco de té. El silencio se había vuelto su compañero y aliado, le permitía pensar y escuchar a los intrusos que pudiesen llegar a acercarse. Con tanto silencio uno sólo escucha sus pensamientos, dijo en voz baja Yoshinobu, mientras esperaba a que el té terminara de calentarse.

No podía seguir pensando en otra cosa que no fuera ella, tenía semanas sin verla y realmente la extrañaba. Su mente estaba llena de su cuerpo y su piel formaba un manto sobre todos sus pensamientos. Sus pecas eran constelaciones que iluminaban la oscuridad de la historia. Ella era la que le daba color a los personajes, la que lo mantenía vivo. El escritor tenía que tomar un descanso, debía verla aunque sea un momento. Debía estar entre sus brazos una vez más. Apagó la computadora, tomó la sudadera y las llaves y salió hacia su auto; marcó desde su celular para avisarle que iría a verla que la necesitaba, ella sólo contestó que ojalá que no tardara que el tiempo sin él era insoportable. El celular terminó en el asiento del auto y el aceleró entre las calles de la ciudad para llegar con ella.

En sus sueños revivía todas las noches el momento en el que llegó a casa y vio el Kujira-makuque tanto le había preocupado toda su vida encontrar, protegerlo era el sentido de su vida y al estar en una misión para defenderlo no pudo evitar su muerte. Cumplir una orden, para incumplir su propósito en la vida, fue una grande ironía. En ese momento decidió dejar Suruga para siempre y empezó su viaje para encontrar una nueva misión, un nuevo camino. Cuando despertó, poco antes del amanecer, reunió sus pocas pertenencias y siguió caminando, esperaba encontrar alguna casa donde pudieran servirle un poco de oden y al menos así dejar de sentirse tan cansado. Había robado algunas fresas y tenía bastante té, pero no era suficiente.

Las luces de la ciudad pasaban rápidamente por las ventanas del auto, tenía prisa por llegar, prisa por estar. Gotas empezaron a llenar el parabrisas, la lluvia era lo que faltaba en esta noche que, por fin, podría verla de nuevo. Era una noche poética e irreal, tenía miedo de estar alucinando y que en realidad estuviera tan interesado en escribir la historia que su vida dejara de ser suya y fuera sólo un reflejo de lo que su mente necesitaba. Para cuando llegó con ella la lluvia había cesado, bajó del auto y la vio, sentada en las escaleras del edificio con su cabello rojo mojado por la lluvia, esperando. La tomó de la mano para ayudarla a levantarse y la besó, fue un beso desesperado, pasional, como si quisieran fundirse en un solo ser que fue reunido después de estar separado por siglos. Ese beso pudo durar segundos u horas, no es algo que él pueda recordar, siendo francos hay muy poco de esa noche que recuerde claramente. Subieron al auto y él volvió a acelerar, parecía que iba sin rumbo pero ambos sabían a dónde iban, ese lugar era suyo, ese lugar tenía todas sus memorias y era el momento de ir por ellas.

Poco después de que el sol llegara al cenit encontró una pequeña casa a un lado de un río, se acerco caminando a paso lento y tocó la puerta al llegar. Encontró a un viejo campesino que estaba cocinando y lo invitó a pasar. El campesino lo reconoció y se sintió honrado de tener a un héroe como él de invitado en su casa. Empezaron a comer y platicaron de las misiones y batallas en las que él había estado involucrado, su pasado como historias de la gente. Tomaron el té juntos y el campesino lo invitó a dormir en su casa, le dijo que no sería problema que descansara y que le haría bien. Él tenía miedo de dormir, de soñar de nuevo con el principio del fin. Tener un sueño recurrente es como si un lobo te persiguiera, cada vez se ve más cerca porque ya no puedes seguir corriendo. Sus memorias eran sus enemigas y sin embargo era todo lo que tenía. Era hora de enfrentar sus sueños de nuevo, tenía que dormir otra vez.

Cuando llegaron al hotel pidieron la habitación de siempre, esperaron por las llaves y subieron por el elevador. Estaban callados, nerviosos como esa primera vez que vinieron. Se habían quedado sin opciones y ese hotel era el primero que encontraron, era la primera vez de ambos en un lugar así para estar solos. Era la primera vez de ambos en muchas cosas. Caminaron despacio por el pasillo hasta encontrar la habitación. 210 decía el número en la puerta, estaba abierta y sólo estuvo así hasta antes de entrar. Todo era tan neutral, como si nadie hubiera estado ahí, como si fueran los primeros en entrar a esa habitación. Las primeras veces siempre parecen eternas y cada paso que daban, dentro de esa capsula que los alejaba del mundo, parecía durar lustros. Hoy parece que nuca hubieran venido aquí, todo nuevo, de nuevo. Esta noche sería la primera en mucho tiempo y pensar cuantas veces estas mismas sabanas los mantuvieron atados a la cama.

Los sueños no lo atormentaron esta noche, parecía que la comida y el dormir con compañía le había permitido estar tranquilo. Estaba dispuesto a deshacerse de los sueños a como diera lugar así que le pidió al campesino que lo acompañara, que tomara lo que pudiera de su hogar y siguieran juntos en el nuevo camino de Yoshinobu. Él aceptó encantado y después de unas horas de guardar alimento y algunas cosas partieron de nuevo hacia el bosque. Acompañado era más fácil viajar, podía distraer su mente hablando y si llegaban a atacarlos no estaría sólo, tendría algo que defender y por tanto sería mucho más difícil que lo vencieran. Lo mejor de no saber a donde ir es que no se sabe cuan largo es el camino, le dijo el samurai al campesino mientras comenzaban a alejarse de su casa. Siguieron caminando hacia el horizonte hasta que el sol dejó de verse y luego caminaron un poco más.

La ropas se perdieron como cenizas de un fuego silvestre y el cuarto pareciese de un niño desordenado a los pocos minutos de haber llegado de la escuela, sólo esperaron a haber cerrado la puerta para dejar que el instinto los controlara, que todo ese tiempo que habían estado sin verse se convirtiera en solo un recuerdo remplazado por recuerdos mejores. Por momentos, por instantes, por horas enteras el mundo no existía, sólo era un recuerdo de otra vida. Juntos todo se veía tan lejano, nada parecía real más que el instante en el que estaban. Mordidas, rasguños, besos, caricias, todo era un caos ordenado, eran acciones que se guiaban por las reacciones y que poco a poco los fundían en un sólo ser. La verdad, ninguno estaba pensando porque necesitaban no pensar, necesitaban olvidar esos meses lejos y todo lo que había pasado. Todo fue un error que sus familias no pudieron comprender, estaban condenados a estar separados y nunca olvidarse, por más que lo intentaron nunca pudieron dejar de amarse.

Estaban a punto de sentarse a descansar cuando a lo lejos vieron humo negro y flamas, algo estaba pasando en el pueblo que estaba justo en frente del sendero que estaban siguiendo. Preocupados aumentaron el paso para poder llegar a ver que sucedía. Para cuando llegaron el fuego estaba siendo controlado por los aldeanos y  la gente estaba asustada.  Pocos comprendían que estaba pasando y había gente herida, como pudieron les explicaron a Yoshi y Tadanabe, ese era el nombre del campesino, que  habían sido atacados por el clan Toyotomi y les explicaron que su aldea se encontraba en medio de las batallas entre el clan Toyotomi y el clan Tokugawa y ellos no tenían a nadie a quién recurrir cuando las batallas terminaban en el pueblo. Al fin había encontrado algo que podría servir como su nuevo camino, un nuevo comienzo.

Agotados, acostados boca arriba y tomados de la mano esperaban a que nada pasara, a que el tiempo se detuviese y no tuvieran que huir de ese último refugio. El empezó a contarle que la historia se estaba escribiendo sola, que el samurai estaba encontrando su camino, que todo estaba encajando, que tenía la esperanza de que su mundo y el del samurai volvieran a tener sentido y ambos dejaran de ser vagabundos. Ella sólo sonreía, acariciaba su mejilla suavemente y lo escuchaba hablar emocionado sobre el samurai. Esa historia que lo estaba salvando de caer en la locura, esa historia que lo mantenía cuerdo mientras estaban distantes. Esa historia que se había vuelto la única esperanza de ambos de queal final, todo podía tener sentido de nuevo.

Pasaron los días y una batalla empezó, la gente estaba tranquila. La mayoría había estado minutos antes en un hanami viendo las flores de cerezo deshojarse y caer lentamente. Algo tan hermoso no duró mucho tiempo y el clan Tokugawa se había presentado para reclamar las tierras en nombre de la guerra que estaba sucediendo.

Empezó a sonar el teléfono de la habitación, no podía ser posible, no a esta hora.

Las flechas en llamas fue lo primero en caer, las casas comenzaron a incendiarse y los cerezos parecían velas en un templo.

“Joven, lo buscan en la recepción” esto no podía ser bueno, nadie sabía que estaban ahí. Nadie podía saber.

Yoshi y Tada estaban nerviosos, eran muchos samurais contra ellos dos y aún así no se movían de su lugar, esperaban el momento de atacar.

El escritor se vistió lentamente y le dijo a su amada pelirroja que esperara, que esperaba no tardar, que esperaba que no fuera nada importante. Esperaba tantas cosas.

Ambos estaban listos, Yoshi desenfundó sus dos espadas y Tada empezó a hacer girar su kusarigama, sabían que esta sería su última batalla y estaban dispuestos a dar su vida defendiendo su nuevo hogar y su rejuvenecido honor.

Bajó por las escaleras, tenía el presentimiento de que algo malo lo esperaba en la recepción. Nunca subían a buscarlos, nunca. Para cuando estaba bajando las escaleras del primer piso escuchó voces conocidas, su cuñado y su suegro. Esto no iba a terminar bien.

Empezaron a atacar a todo lo que se movía y los guerreros cayeron uno a uno, sus fuerzas comenzaban a flaquear y parecía que no le hacían nada a ese pequeño ejercito. No retrocedían ni un paso y por cada hombre que caía venían dos detrás.

Bajó el último escalón y los encontró ahí, vestidos de traje esperando a que bajara. “¡¿Dónde está Elena?!” Le gritaron en el instante en el que lo vieron, su cuñado movió un poco su camisa para mostrarle que cargaba con la pistola de siempre. “Está conmigo y hoy no se la llevarán de mi.” contestó el escritor temblando de miedo y esperando el final.

Yoshi sabía que perderían esta batalla pero estaba contento de dar hasta su último aliento defendiendo lo único que le quedaba, ese pequeño lugar que le dio sentido a su vida de nuevo. Pensaba morir como todo un samurai, peleando junto a su nuevo compañero y amigo, defendiendo lo que quería, peleando hasta el final.

Elena había encontrado una nota en la cama que decía “No bajes por la escalera principal, las llaves del auto están en el tocador y dejé algo de dinero, huye por favor. Te buscaré pronto.” Ella siguió su consejo y bajó por la escalera de emergencia, subió al auto y con lágrimas en los ojos condujo con rumbo a la carretera, iría muy lejos de aquí.

Los aldeanos estaban seguros, en otra villa, disfrutando del hanami  con el aviso y consejo de Yoshi habían salido de la aldea a tiempo para evitar esa batalla que sería tan destructiva, no pudieron agradecerle haber salvado sus vidas y aceptaron que debían huir.

Su sonrisa era de paz y sin importar el charco de sangre pareciera como si estuviera feliz, al final algo tuvo sentido y pudo protegerla. Pudo lograr que huyera.

Yoshi estaba tirado en el suelo, sangrando. El final estaba cerca y al final algo tuvo sentido y pudo proteger a alguien de nuevo. Pudo salvarlos.

Sus ojos perdieron el brillo, pero su vida tuvo sentido.

Sus ojos perdieron el brillo, pero su vida tuvo sentido.

Quiero tomar tu mano.

Mira ¿Puedes ver desde aquí a esa chica que está en el parque? – Le preguntó Mario a Joaquín – Lleva viniendo al parque un mes, diario viene a sentarse en la misma banca a leer un libro. Hasta ahora van tres libros distintos y ayer vino con un café en la mano. Siempre está sola y casi siempre usa vestidos.

Así que ¿Me invitaste a tu casa para contarme que has estado vigilando a una chica por un mes? – Contestó Joaquín a punto de reírse- Si que estás loco, Mario, ¿De qué te sirve saber que viene diario si nunca has bajado a saludarla? ¿A caso esperas que de la nada un  día ella suba por las escaleras a visitarte?

Mario suspiró, le dio una fumada al cigarro que traía en la mano y se recargó en el barandal del balcón. No es que realmente espere que suba y tampoco pienso bajar pero me gusta obsevarla, es linda y sigue patrones, siempre está leyendo y le gusta el café. No quiero conocerla y que sea una tonta cualquiera. No quiero que ella, siendo sólo una imagen se convierta en una persona y ambas dejen de coincidir. – agachó la cabeza para seguir viéndola desde el balcón mientras tarareaba una canción- ¿Me explico? Desde aquí es perfecta, en cuanto la salude se va a romper el encanto.

Eres un fatalista, las cosas no siempre tienen que ser así y para ser francos te convendría salir con alguien, después de todo te la pasas encerrado y Andrea y yo somos los únicos que venimos a visitarte. Sería lindo llegar un día y encontrarte en el parque en lugar de aquí, leyendo como de costumbre. Es más, esa puede ser la forma de hablarle; tú siempre estás leyendo también. Vamos a hacer un trato, toma el libro que estés leyendo y baja ahora mismo a sentarte con ella, como si no te importara y te pones a leer. Si te habla logramos algo y si no, al menos puedes verla desde más cerca.

Tomó su libro, agarró las llaves del departamento y salió por la puerta, no sin antes gritar “SI ALGO SALE MAL ME VAS A DEBER UNA CERVEZA” se escuchaban sus pasos por las escaleras mientras iba bajando los tres pisos del edificio hacia la calle, seguía tarareando una canción cuando llegó a la puerta. Abrió la puerta de cristal y cruzó la calle hacia el parque, se sentó en la banca donde estaba sentada la chica, cruzó las piernas y se puso a leer.

Hola stalker – dijo la chica sin dejar de ver el libro que estaba leyendo- ¿Por fin te decidiste a venir a saludarme en lugar de verme desde arriba?

Mario no sabía donde esconderse, estaba apenado y bastante sonrojado- Perdón, no era mi intención incomodarte, puedo irme a casa si es lo quieres. Realmente lo siento.

No me incomodas, me gusta que decidieras venir. Al principio es raro que alguien te observe mientras lees pero llega un momento en el que ya no puedo ni concentrarme en los personajes por estar pensando en si decidirás venirme a saludar o no, supongo que a partir de ahora leer volverá a ser sencillo. Me llamo Gabriela, por cierto.

Uh, hola, supongo. Me llamo Mario. En serio perdón, pero es raro que alguien venga a leer por aquí y me gusta mucho la ropa que sueles elegir para venir. Digamos que eres algo totalmente fuera del contexto de mi pequeño campo visual y terminé intrigado contigo.

Por no mencionar que ya tienes una imagen de mi y que es tan grande que no querías venir a romperla -dijo Gabriela dejando el libro en la banca y sonriendo mientras lo veía- ¿Te vas a quedar callado o es que acaso la imagen ya se rompió?

El se quedó viéndola, su sonrisa burlona, sus ojos verdes, su cabello castaño un poco ondulado cayendo por su espalda. Definitivamente era mejor verla de cerca, su piel morena contrastaba con sus ojos y cuando sonreía se le hacían hoyuelos en las mejillas. Es que no sé que decir -contestó Mario apenado- ¿Qué estás leyendo?

El cielo empezó a cambiar de color, el rojo y el morado empezaron a brillar cerca del edificio de Mario y poco a poco empezó a anochecer el viento pasaba por el parque y el frío hizo que Gabriela y Mario fueran a un café a seguir platicando, pasaron horas, pasaron días. Seguían viéndose y platicando.

Un día, Mario platicando con Joaquín, le dijo- No te hagas tonto, me debes una cerveza.

-¿Porqué una cerveza si van más de dos meses que sigues viéndola?

-Porque algo salió mal cuando la conocí

-¿Qué salió mal?

-Perdí ante una imagen que no se rompió.

Un día normal.

Ese día, Javier iba caminando por la calle escuchando música como de costumbre, la gente en el metro no se veía entre sí como de costumbre, el tráfico era pesado y los claxons sonaban en las avenidas como de costumbre. Todo era común. Javier iba escuchando música y tarareando cuando casi choca con una chica y lo primero que vio fueron sus tennis azules con morado, eran bonitos y combinaban con su pantalón Azul, apenado, Javier volteó a pedirle perdón y cuando la vio reconoció a una antigua amiga de la secundaria que hacía mucho tiempo que no veía. Empezaron a reír por la graciosa coincidencia, tantos años sin verse y se encuentran por casualidad y ambos chocan por venir escuchando música.

Javier le preguntó a Miranda si tenía algo que hacer y ella respondió que no, que sólo estaba paseando para matar el tiempo, él la invitó por un sundae de chocolate y ella se rió “¿De chocolate porque están en promoción?” él se sonrojó un poco y dijo “Por ser tú puede ser de lo que quieras” y fueron caminando a la plaza para comer su helado. Iban platicando de sus vidas, Miranda acababa de entrar a estudiar medicina y hacía poco había visto a algunas amigas de la secundaria en donde habían estado los dos así que tenía historias frescas de muchos conocidos. Javier le contó que estaba estudiando cine y justo ahora necesitaba a alguien para hacer un corto, una mujer, le contó que estaba caminando por ahí porque venía de ver un parque que le había gustado como locación. Llegaron a la plaza y compraron los sundaes, ambos de chocolate porque Miranda le dijo que sólo estaba jugando y que era su sabor favorito.

Pero si, estaban de promoción.

Se rieron, platicaron y comieron el helado, al final se despidieron y prometieron mantenerse en contacto, el helado se derritió y ambos terminaron tomándoselo.

Fue un día normal.